En sus tiempos, Kafka escribía unas cartas a Milena expresando su deseo de que ella fuera parte de su vida, con esa característica del amor tóxico propia de la época del Romanticismo: “Do not answer me under any circumstances… But I wait for your answers.” Con esas palabras, querido Kafka, estabas dentro del juego de la dependencia.
Las cartas pasaron a mejor vida, actualmente es la música quien mejor representa ese ideal romántico que sostiene que el sufrimiento personal de una persona es rentable si el amor está de por medio, ese: <<Sin ti yo no soy nada>>, <<Me quiero morir, sin ver tristeza en tu sonrisa de niña. Dependo de ti, si estás mal puede que nunca sonría>>, <<Cuando me siento herido, me subes a un tejado y ahí, la vida es menos puta si estás a mi lado>> refleja esa idea de absoluta dependencia, de la cual tu existencia se reduce a la otra persona.
Cuando estamos tristes, nos sumergimos aún más mediante la música, ya que es capaz de llegar directamente a nuestro sistema límbico (la parte del cerebro encargada de las emociones) sin pasar por el neocórtex (la zona de nuestra racionalidad).
Esa tristeza, sin embargo, puede ser la punta del iceberg de un problema mayor: el vacío emocional o la fobia social derivada de este último.
Tales síntomas como falta de claridad mental, cansancio extremo y, en ocasiones, pasotismo no es más que el resultado de haberlo dado todo, del descanso que el cerebro pide a gritos tras el abandono de parte de tu alma, ser y tu singularidad que ha sucumbido ante varios golpes de la vida o personas equivocadas.
Existen varias formas de ver cómo has llegado hasta ahí. A nivel psicológico, la más simple es el refuerzo alterno donde la recompensa (un estímulo de la otra persona) se produce de manera intermitente lo que hace que tu mente esté a la espera, es decir, constantemente con una expectativa de algo que no llegará o vendrá tarde. Esto impacta del tal forma en el cerebro como la dopamina generada por los cigarrillos o las máquinas tragaperras: una vez dentro o sales por tu cuenta, o sales tras haber perdido gran parte de ti mismo.
BF Skinner lo llamó condicionamiento operante, el controversial Pavlov por su parte refuerzo positivo (muchos perros dieron cuenta de ello, tristemente) y el más inverosímil, llamado Carl Jung, se inventó una teoría del destino llamada Sincronicidad para seguir dando ánimos a saltar a quienes ya no tienen alas.
Las redes sociales no han dejado solo que impulsar esa adición: likes, comentarios, mensajes… todos los medios para hacer buena la auto validación, comparación de vidas con otros y el espionaje ajeno. De este último subyace un gran mal de hoy en día: los celos. ¿Quién no ha visto cómo personas retransmiten su felicidad por redes, pero tras las cámaras es todo lo contrario?
En la serie Gambito de Dama, se mostraba la vida como un eterno tablero de ajedrez: cada movimiento te sitúa más cerca del final pero a su vez te deja expuesto a perder ese avance. Genera tristeza comprobar (a veces sin quererlo) que para avanzar en el tablero del amor, o relaciones en general, la pieza de ajedrez más efectiva es utilizar el refuerzo alterno a tu favor. ¿Están las relaciones más prósperas basadas en este frío y calculador movimiento?
He aquí la fuerza de tus ideales para no dejarte arrastrar por la marea llamada “es lo que todo el mundo hace” y luchar por lo que realmente crees que es lo correcto y te hará feliz, aquello que toda esta niebla mental intenta esconderte.
La expresión “te quiero” ha sido moldeada por los años: al principio, “eres mi persona favorita” era lo más, luego, tras golpes, “te quiero, fríamente” (por la unidad del raciocinio y las emociones, suena como unir ambas partes del amor: las medias naranjas, Sol y Luna unidos) y ahora la frase: “te dejaría pasar a mi sistema límbico” suena más que una declaración.
Aunque todo el mundo parezca estar al revés y tú el que está cabeza abajo, la verdad es que nadie quiere una partida de ajedrez eterna, un yo que nunca mostrar, un chiste malo que guardar, un defecto que ocultar, y sí un abrazo que deshile tus sentimientos, una caricia que te haga sentir y la emoción indescriptible de entrelazar manos.
Si has aguantado hasta aquí, mi más sincera enhorabuena (o pésame). Has podido ver la ideas que un falso psicólogo de barra de bar tiene. Las ideas que una tarde de domingo fría de inverno empezaron a fraguarse al ver a esta adorable pareja de la imagen, la cual no pude evitar fotografiar.
Si el final es esto, todo principio y desarrollo valdrá la pena. Como diría Mariano en lhdp: “somos unos putos kamikazes Paco, que le vamos a hacer”
